Sellos, pisos… y tulipanes

Decía un gran poeta español que “es de necios confundir valor con precio”. Curiosa frase trasladable de la poesía a la economía. Aunque claro, quizás el problemas es que esa confusión no es solo propia de necios, sino de listos. Más bien, de “listos”.

Al producir un bien tangible como sellos, pisos o tulipanes, se utiliza una cantidad de trabajo que define el valor real de ese bien. Ese valor real es lo que me ha costado producirlo. Sin embargo, yo puedo pedir un precio por ese bien. Puedo pedir lo que me de la gana. Puedo pedir más dinero de lo que me ha costado producirlo,o mucho más dinero, o muchísimo más dinero. Lo que puedo pedir se aproxima a lo que se llama el valor nominal, lo que se pide en moneda. Así sacamos un beneficio.

Pero hay un inconveniente. Sólo obtenemos beneficio si encontramos personas dispuestas a pagar el precio nominal de los bienes. Si hay demanda. Si yo me dedico a vender sellos, pisos y tulipanes, obtengo beneficios siempre que encuentre demanda para esos productos. ¿Y cómo obtengo demanda? No solo encontrando personas que necesiten realmente esos bienes, sino también encontrando personas que no los necesiten y quieran invertir en ellos para obtener un beneficio aunque no incremente su valor real. Es decir, especuladores. Con dinero de todos los colores.

Y por fin viene la clave de la cuestión: ¿quién hace la tasación de los productos? ¿quién dice cuánto dinero se puede pedir por los sellos, los pisos o los tulipanes? Pues en todos los casos yo, que te vendo la idea de que entiendo de sellos o de tulipanes. “Son productos que siempre van pa’rriba”. “Esta es una inversión sin riesgo, amigo”. “Invierte, que te vas a forrar”. Y el españolito hipnotizado, que cree haber encontrado el maná de su Dios, cuela, invierte un poquito, y como ve que funciona. invierte más y más. Sin olerse nada raro. Genera beneficios ¡y sin pagar a Hacienda como los currantes pardillos! ¡Ay, Don Quijote cabalga de nuevo! Sueña con riquezas e ínsulas.

En los pisos hay una pequeña variante que hace el tema aún más grave. Las empresas tasadoras de pisos son propiedad de bancos y cajas de ahorros, empresas cómplices de los políticos que recalifican el suelo urbanizable. Cerrado el círculo del “negosioh”, el tasador fija el precio del piso en lo máximo que pueda al comprador, el cual cuela en la compra porque “he hecho la inversioh de mi vida”.

De esta forma, la sociedad se vuelve a convertir en aquella pirámide que nos explicaban en los libros de Historia. En la cima, los poderosos, en la base, los pobres que poco o nada tienen, y en el medio, los que se creen que tienen algo, quieren llegar arriba y en realidad están cada vez más abajo.

La burbuja de los tulipanes

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